sábado, 7 de marzo de 2015

Las diez de la mañana






Con rayos trigueños
de seda leonada,
sereno y diáfano,
el sol se destapa
y cubre orgulloso
con férvida capa
las colinas mustias,
la casa callada,
enluciendo el ciclo
de rubia algazara.


Las diez de la mañana.






 Ya cerca del río,
en sus aguas calmas,
el álamo altivo
despliega las ramas
y abre sus rendijas
con hojas celadas
a la brisa fresca,
a la brisa alba,
lanzando fecundo
verdes esmeraldas.


Las diez de la mañana.





Y soplan las voces,
brillantes y claras
(ondas constreñidas
en negras cloacas),
que limpian el aire
de sombras lejanas,
de presagios tristes,
de tristeza amarga,
su luz aniquila
la vieja añoranza.


Las diez de la mañana.




Se estremece el día,
por las calles anda
con sus ilusiones
de oro  bordadas
en el canesú
de su amplia saya
de azul cristalino
con fibras doradas,
llenando de vida
las calles y plazas.



 Las diez de la mañana.





Y en la torre inerte
de la ermita parda
zurean las palomas
cantos de esperanza.
No hay ocaso gris
ni noche enlutada
ni silencios fieros
ni dagas de plata.
Los hombres ya briegan,
la ciudad se agranda.


Las diez de la mañana.

               (MjH)

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